miércoles, 2 de octubre de 2013

De ovejas y lobos.
Por Carlos Golcher.  Coatepeque, 13-07-2013.

Las ovejas trasquiladas han dado su lana para que sus dueños se protejan del frío.
Sus dueños han vendido la lana y se han hecho lujosos suéteres que se venden en el extranjero.
Casi todos los suéteres son blancos como la lana de las ovejas trasquiladas.
Pero de pronto aparece un suéter negro.
Los exportadores miran con recelo a los intermediarios.  Éstos, a los productores.  Y los pastores buscan en su grey a la atrevida oveja negra que se coló en los planes de aquel sistema perfecto.
Las ovejitas, inocentes, siguen al pastorzuelo que corre presuroso por entre las lomas y los valles, hacia la barranca donde se oculta la luna.  Su cara ya tiene pelos y sus piernas más fuerza.  No quiere que las ovejitas le vean su aspecto de lobo.  Pero la luna le voltea a ver, desde la nube, y todas las ovejitas, hasta las negritas, ven cómo en el horizonte una sombra negra se detiene y lanza un desgarrador aullido.

A todo esto, el verdadero pastor del rebaño tuvo insomnio esa noche.  Y se puso a contar a sus ovejas.  Estaba quedándose dormido cuando despertó sobresaltado: una oveja negra venía en sentido contrario.
La oveja negra se comió el fruto del árbol que estaba en el centro del bosque.  Y se la abrieron los ojazos moros.  Y vio cómo sus hermanas blancas, pobrecitas, caían por el desfiladero.

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