De ovejas y lobos.
Por Carlos
Golcher. Coatepeque, 13-07-2013.
Las ovejas
trasquiladas han dado su lana para que sus dueños se protejan del frío.
Sus dueños han
vendido la lana y se han hecho lujosos suéteres que se venden en el extranjero.
Casi todos los
suéteres son blancos como la lana de las ovejas trasquiladas.
Pero de pronto
aparece un suéter negro.
Los exportadores
miran con recelo a los intermediarios.
Éstos, a los productores. Y los
pastores buscan en su grey a la atrevida oveja negra que se coló en los planes
de aquel sistema perfecto.
Las ovejitas, inocentes, siguen al
pastorzuelo que corre presuroso por entre las lomas y los valles, hacia la
barranca donde se oculta la luna. Su
cara ya tiene pelos y sus piernas más fuerza.
No quiere que las ovejitas le vean su aspecto de lobo. Pero la luna le voltea a ver, desde la nube,
y todas las ovejitas, hasta las negritas, ven cómo en el horizonte una sombra
negra se detiene y lanza un desgarrador aullido.
A todo esto, el verdadero pastor del
rebaño tuvo insomnio esa noche. Y se
puso a contar a sus ovejas. Estaba
quedándose dormido cuando despertó sobresaltado: una oveja negra venía en
sentido contrario.
La oveja negra se comió el fruto del árbol
que estaba en el centro del bosque. Y se
la abrieron los ojazos moros. Y vio cómo
sus hermanas blancas, pobrecitas, caían por el desfiladero.
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