EL EQUINOCCIO DEL
OTOÑO BOREAL.
No vamos a
explicar con detalles lo que ya toda la Hermandad conoce: que el planeta Tierra
está en el punto de equilibrio exacto respecto a su estrella para contener las
condiciones que le proporcionan vida en todas sus manifestaciones; que su
inclinación de 23.5 grados respecto a la elíptica le permite variar su clima
cada cuatro meses, combinándose con su
cercanía o alejamiento de esa misma estrella; que cada una de estas etapas se
llaman “estaciones” y que en idioma científico se denominan: equinoccio de
primavera, solsticio de verano, equinoccio de otoño y solsticio de invierno.
El equinoccio de otoño ocurre alrededor del 23 de
septiembre, cuando el sol cruza el ecuador en su movimiento hacia el sur.
La hora exacta del
equinoccio varía cada año debido a las duraciones distintas de los años.
También los
Mayas se refieren a los equinoccios y lo relacionan con sus cuatro esquinas del
espacio.
La zona arqueológica
de Chichen Itza y Dzibilchaltún son los dos mejores lugares para apreciar el
fenómeno del equinoccio. Fenómeno arqueo-astronómico, en que la tierra es
iluminada por el sol de igual forma en el hemisferio norte y en el sur.
Al atardecer de los
días 21 de marzo y 22 de septiembre, durante los equinoccios de primavera y
otoño respectivamente, se observa una proyección solar que consiste en siete
triángulos de luz, invertidos, como resultado de la sombra que proyectan las
nueve plataformas de ese edificio, al ponerse el sol, simulando la imagen de
una serpiente descendiendo por los balaustrados de la escalinata de la
escalera norte de la Pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá.
El fenómeno
arqueoastronómico del equinoccio de Dzibilchaltún, zona
arqueológica localizada al norte de Mérida, sucede cuando la puerta del
Templo de las Siete Muñecas se ilumina con el resplandor del Sol que aparece en
el horizonte, y, en un momento dado, el disco celeste queda unos momentos
al centro de la puerta y crea un espectáculo de luz y sombra en la fachada
poniente. El suceso fue descubierto en 1982 por el Arqlgo. Víctor Segovia Pinto
(q.e.p.d.).
El edificio donde
ocurre el fenómeno se le llama el “Templo de las Siete Muñecas” porque en la
parte central del edificio se encontró una ofrenda con siete muñecos de barro
-recordó el Arqlgo. Huchim Herrera.
Este fenómeno,
descubierto en 1982, marca la mitad del camino del Sol a los solsticios.
También puede apreciarse en el mismo lugar el 21 y 22 de septiembre. Además,
los días 22 de diciembre y de junio se aprecian los solsticios de Invierno y
Verano, respectivamente.
En el equinoccio
de primavera todo florece y aprovechan los habitantes para cultivar la tierra y
sembrar las semillas de su futuro sustento.
Luego viene al
abrasador verano que desertifica muchas regiones. Las temperaturas llegan a sus máximos y las
olas de calor –incrementadas por la explosión demográfica y sus resultados
(como el calentamiento global)- arrasan como una consecuencia castigadora a los
que, aunque hayan sembrado bien, pagan como justos los pecados de aquellos otros
que desde la sombra urden sus macabras ideas egocéntricas.
Empero llega el
otoño. Con sus frescas oleadas
polares. Se abren las ventanas del
mundo. Y las escotillas de nuestra gran
nave. Entran, desapercibidos, algunos
cristales de hielo. Y el efecto
refrigerante hace que nuestras pasiones se apacigüen y nuestros espíritus se
liberen de aquellos infiernos candentes de los meses anteriores.
Es un
equinoccio. El preludio del frío. El
descanso del calor.
Las hojas secas alfombran
nuestros caminos. Y ya nuestros pasos no
se hunden en la aridez de las arenas, sino de aquellos senderos llenos de tierra
negra que amortiguan el sonido.
El otoño es un
respiro. Es hojarasca que se convertirá
en humus.
Nos preparamos
ahora a recibir el frío. Y nuestras
mentes intelectuales, que se nutren de conocimientos cósmicos, asimilarán ese
humus. Y como lluvia de estrellas,
aguijoneará nuestra curiosidad, para saber más de los misterios, de los ocultos
dones que nuestros maestros ancestrales guardaron en sus cofres masónicos para
nosotros.
Así, cuando
llegue el siguiente solsticio ya estaremos preparados. Ya sabremos por qué los druidas celebraban
con ritos esplendorosos en torno a Stonhenge, y por qué Colón salió del oriente
buscando tierras nuevas y no siguió como Magallanes hacia el sur y luego al
verdadero oriente para re-descubrir las tierras viejas.
Me gusta el otoño
y me alegro por que con él regresan los azacuanes. Empiezan nuestras festividades. El mes de la virgen. El día de los santos y su fiambre lleno de
calorías. Los barriletes de
Santiago. La Guadalupe. Las posadas. Y finalmente, y antes de que termine la
estación, colgamos nuestros deseos de los árboles que se iluminan en las calzadas y cantamos villancicos tomados de
las manos de nuestros queridos padres, hijos, cónyuges y, desde luego de …
¡nuestros queridos hermanos!
Carlos Golcher