lunes, 10 de septiembre de 2012


EL EQUINOCCIO DEL OTOÑO BOREAL.
No vamos a explicar con detalles lo que ya toda la Hermandad conoce: que el planeta Tierra está en el punto de equilibrio exacto respecto a su estrella para contener las condiciones que le proporcionan vida en todas sus manifestaciones; que su inclinación de 23.5 grados respecto a la elíptica le permite variar su clima cada cuatro meses, combinándose  con su cercanía o alejamiento de esa misma estrella; que cada una de estas etapas se llaman “estaciones” y que en idioma científico se denominan: equinoccio de primavera, solsticio de verano, equinoccio de otoño y solsticio de invierno.
El equinoccio de otoño ocurre alrededor del 23 de septiembre, cuando el sol cruza el ecuador en su movimiento hacia el sur.
La hora exacta del equinoccio varía cada año debido a las duraciones distintas de los años.
También los Mayas se refieren a los equinoccios y lo relacionan con sus cuatro esquinas del espacio. 
La zona arqueológica de Chichen Itza y Dzibilchaltún son los dos mejores lugares para apreciar el fenómeno del equinoccio. Fenómeno arqueo-astronómico, en que la tierra es iluminada por el sol de igual forma en el hemisferio norte y en el sur.
Al atardecer de los días 21 de marzo y 22 de septiembre, durante los equinoccios de primavera y otoño respectivamente, se observa una proyección solar que consiste en siete triángulos de luz, invertidos, como resultado de la sombra que proyectan las nueve plataformas de ese edificio, al ponerse el sol, simulando la imagen de una serpiente descendiendo por los balaustrados de la escalinata de la  escalera norte de la Pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá.
El fenómeno arqueoastronómico del equinoccio de  Dzibilchaltún, zona arqueológica  localizada al norte de Mérida, sucede cuando la puerta del Templo de las Siete Muñecas se ilumina con el resplandor del Sol que aparece en el horizonte, y,  en un momento dado, el disco celeste queda unos momentos al centro de la puerta y crea un espectáculo de luz y sombra en la fachada poniente. El suceso fue descubierto en 1982 por el Arqlgo. Víctor Segovia Pinto (q.e.p.d.).
El edificio donde ocurre el fenómeno se le llama el “Templo de las Siete Muñecas” porque en la parte central del edificio se encontró una ofrenda con siete muñecos de barro -recordó el Arqlgo. Huchim Herrera.
Este fenómeno, descubierto en 1982, marca la mitad del camino del Sol a los solsticios. También puede apreciarse en el mismo lugar el 21 y 22 de septiembre. Además, los días 22 de diciembre y de junio se aprecian los solsticios de Invierno y Verano, respectivamente.
En el equinoccio de primavera todo florece y aprovechan los habitantes para cultivar la tierra y sembrar las semillas de su futuro sustento.
Luego viene al abrasador verano que desertifica muchas regiones.  Las temperaturas llegan a sus máximos y las olas de calor –incrementadas por la explosión demográfica y sus resultados (como el calentamiento global)- arrasan como una consecuencia castigadora a los que, aunque hayan sembrado bien, pagan como justos los pecados de aquellos otros que desde la sombra urden sus macabras ideas egocéntricas.
Empero llega el otoño.  Con sus frescas oleadas polares.  Se abren las ventanas del mundo.  Y las escotillas de nuestra gran nave.  Entran, desapercibidos, algunos cristales de hielo.  Y el efecto refrigerante hace que nuestras pasiones se apacigüen y nuestros espíritus se liberen de aquellos infiernos candentes de los meses anteriores.
Es un equinoccio.  El preludio del frío. El descanso del calor.
Las hojas secas alfombran nuestros caminos.  Y ya nuestros pasos no se hunden en la aridez de las arenas, sino de aquellos senderos llenos de tierra negra  que amortiguan el sonido.
El otoño es un respiro.  Es hojarasca que se convertirá en humus.
Nos preparamos ahora a recibir el frío.  Y nuestras mentes intelectuales, que se nutren de conocimientos cósmicos, asimilarán ese humus.   Y como lluvia de estrellas, aguijoneará nuestra curiosidad, para saber más de los misterios, de los ocultos dones que nuestros maestros ancestrales guardaron en sus cofres masónicos para nosotros.
Así, cuando llegue el siguiente solsticio ya estaremos preparados.  Ya sabremos por qué los druidas celebraban con ritos esplendorosos en torno a Stonhenge, y por qué Colón salió del oriente buscando tierras nuevas y no siguió como Magallanes hacia el sur y luego al verdadero oriente para re-descubrir las tierras viejas.
Me gusta el otoño y me alegro por que con él regresan los azacuanes.  Empiezan nuestras festividades.  El mes de la virgen.  El día de los santos y su fiambre lleno de calorías.  Los barriletes de Santiago.  La Guadalupe. Las posadas.  Y finalmente, y antes de que termine la estación, colgamos nuestros deseos de los árboles que se iluminan en  las calzadas y cantamos villancicos tomados de las manos de nuestros queridos padres, hijos, cónyuges y, desde luego de … ¡nuestros queridos hermanos!                         
Carlos Golcher

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