TODA MI VIDA.
Cuando
sentí, me habían lanzado a mil por hora por aquel oscuro túnel. Sentía que me pisaban los talones, pero que
los mismos que me seguían me impulsaban.
Me empujaban hacia no sé qué destino.
Sentí un
fuerte golpe en la cabeza. Los que me
seguían se dispersaron. Fue tal el golpe
que abrí un boquete en la estructura con la que choqué.
Abrí los
ojos y ví un mar gelatinoso en el cual caí.
De inmediato sentí cómo me absorbía el casi metálico líquido.
Fue cuando
empecé a tener visiones.
Ví cómo me
dividía en dos. Y luego en otros dos.
Pasaron
semanas, quizás meses.
Llegó un
momento en que pude abrir los ojos: flotaba en un mar transparente, lleno de
masas rosadas y rojas.
Alcancé a
ver unas piernas, lejanas, llenas de dedos en los extremos. Más cerca, unos brazos, también con dedos en
las puntas.
Continuaron
las visiones.
Nunca
estuve seguro cuánto tiempo transcurría por mi cuerpo, el cual se llenaba de
moléculas temporales, que ahora eran y luego ya no eran. Eso me hacía crecer, creo.
Navegué de
un lado a otro del útero.
Estaba
impaciente por salir y ver esos planetas extraños que giraban alrededor del sol
placentario de mi madre.
Al fin, un
día sentí la angustia del ser que me cobijaba.
Sus violentos movimientos me empujaban hacia el final del túnel, en el
cual había comenzado todo.
Salí. Y sentí la herida dolorosa del oxígeno en mis
virginales pulmones. Al cruzar el umbral,
el aire pasó golpeando unas cuerdas que
tenía en la garganta y escuché por primera vez mi vibrante grito.
Dos pares
de ojos me vigilaban. Y cuatro brazos se
peleaban por tenerme.
Algo me
dijo que debía cerrar los ojos y empecé a soñar.
Y así,
entre sueños y visiones, transcurrieron los primeros años de mi vida.
-Carlos G.
-Presente…
-Se dice
“¡Presente!”, no pre-sen-te, como maricón…
-¡Presente!
Fue otro
niño el que repitió presente. Yo,
simplemente me había convertido en un tomate de los colorados que estaban mis
cachetes. Quería que el escritorio me
tragara y que mis cuadernos me absorbieran en sus páginas con líneas o con
cuadrícula. Y que mi borrador me
borrara. Y que mis crayones me pintaran
de otro color los cachetes.
-¿Escudo o
cara?
-¡Cara!
-¡Perdiste!,
G. es tuyo.
Y fui del
equipo que tenía a los malos. Y
perdimos.
-¿Qué le
pasó, mijo? ¿Por qué trae morado su ojo?
-Es que me
agarraron entre tres y no pude defenderme…
-Fijate que
la Amanda va a
ir al cine con toda la clase y te manda a decir que si querés ir.
-Tengo
mucho que hacer.
-No
importa, es tu oportunidad…
-¡Cómo
serás de bruto! ¿Por qué te sentaste en
el otro extremo…? La patoja te estaba
esperando…
-Ya todo
está listo, mijo… hice gallina criolla con caldo, ensalada rusa y de postre
compré un pastelito… sólo faltan sus
amigos.
-No llore,
mijo, talvez creyeron que era otro día…
-Mire,
mijo, ya le compré su anillo…
-No tenga
pena, mijo, talvez en enero…
-¿Y por qué
decidió irse a Coatepeque, mijo?
-Porque me
pagaban veinte quetzales más…
-¿Y cómo es
ella?
-Me gusta.
-¿Y qué va
a ser cuando nazca el nene?
-Nena.
Y fue
nena. Y al fin tuve una satisfacción en
la vida. Sentí que a través de sus ojos
podía ver el Universo. Y a través de sus
manitas podía moldear los planetas. Y a
través de sus piecitos podía caminar por selvas y desiertos.
Después
vinieron los otros tres. Y los quise
tanto que lo estuve celebrando durante años.
Siguieron
los sueños. Y las visiones.
Me ví
trabajando en el Norte, donde muchos familiares hacían dólares.
Y después
de un ridículo accidente y dos años de rehabilitación decidí irme ilegalmente a
los Estados Unidos.
Atravesé
todo México. Y después de pasar Tijuana
corrí por entre los matochos del desierto, hasta donde el coyote me dijo que me
detuviera y que allí esperara.
Esperé como
una hora. Al fin, se vieron las luces de
las lámparas. Era el coyote y un montón
de uniformados de la Migra.
Nos
tuvieron quince días en Caléxico, en un campo de concentración gringo, donde
coexistíamos jamaiquinos, salvadoreños, mexicanos, guatemaltecos, hondureños,
ecuatorianos y uno que otro brasileño.
Jugábamos
cartas, damas, ajedrez y cuanto juego mata-tiempo existía.
Pasábamos
sin hacer nada todo el día. Y al
anochecer continuábamos.
Un día pude
conseguir un teléfono y haciendo memoria llamé al trabajo de mi madre. Cuando oyó mi voz se puso re-feliz, creyendo
que yo ya estaba a salvo y con algún trabajo.
Cuando le conté lo que me pasó se desencantó. Pero ya estaba acostumbrada a mis fracasos y
supo disimular su tristeza.
Cuando
regresé a mi pobre patria, se me abrieron los ojos de la conciencia y pude
percibir cómo estaba todo: gobernantes despiadados habían iniciado una guerra
en contra del pueblo. Masacraban
poblaciones enteras y los pobres habitantes huían o se unían a las columnas
guerrilleras.
Yo tenía
cuatro hijos, no tenía una profesión establecida, deudas por el viaje y una
linda mujer que no me merecía.
Trabajé de
vendedor de filtros, de lotes, de casas…
Hubo un
terremoto que nos hundió más a todos en la pobreza. Los recursos, ya de por sí escasos, se
agotaron. Y la ayuda que venía del
exterior se canalizaba a las familias poderosas.
Un día me
encontró a un primo que trabajaba en publicidad y me incitó a hacer lo mismo.
Pasé
veinticinco años laborando en agencias publicitarias de Guatemala, Honduras y
El Salvador.
Le hice el
juego al sistema. Pero mis convicciones
no se murieron.
Las guerras
en los países centroamericanos cesaron.
Se firmaron
acuerdos de paz.
Y ganaron
los que tenían el poder: eclesiástico, político, económico.
De balde
tantos años de muertos, desaparecidos y masacrados.
Los
comandantes se entregaron a cambio de libertad y prebendas.
El pueblo
siguió lo mismo o peor.
Ahora estoy
jubilado, sin prestaciones.
Veo mi vida
pasar y a la muerte venir.
Por eso
recordé todo esto. Porque ya está
presente de nuevo el túnel. Y lo malo es
que aún no se ve luz al final.
Quién sabe
si la hay.
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