lunes, 12 de marzo de 2012

LA COCINA

Al fin logró que la cocina estuviera impecable.  Las tazas haciendo fila en el aparador.  En la platera, la vajilla.  Las hornillas, todas, limpias y secas.  Sin grasa, ni la más mínima huella.  En la panera, los bollos, puestos en forma ordenada.  La refrigeradora, con todas sus etiquetas magnéticas, nítida, sin mancha.  Ah, y el piso... inmaculado.  Las baldosas verde oscuro, concatenadas, formando un rectángulo perfecto, casi un rectángulo dorado.   Había un pequeño resplandor en el lavatrastos de metálicos brillos, en donde pegaba aquel perdido rayo de sol.
Sí.  La cocina estaba impecable.  Había orden.  Había paz.
De pronto, el fantasma de una muy callada risa infantil. 
Su corazón latió más rápido.
Esperó.
Sí.  La risa cada vez estaba más cerca.
Hasta que le estalló en su oído derecho.
Se volteó, alborozada, queriendo abrazar el cuerpecito frágil de Juancarlitos.
Sólo estaba el eco de su risa, que ahora se alejaba.
Y se acercaba.
Y se alejaba….
Hasta que se hundió en el mar de lágrimas nostálgicas que salían de sus resecos ojos… casi ciegos.
En fin, la cocina estaba impecable.  Había orden.  Había paz.

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