POR EL OJO DEL MUNDO…
No hace mucho tuvimos la dicha de visitar la zona de pestañas del gran ojo que es el lago de Atitlán.
Desde esa orilla contemplamos cómo el lago está completamente vivo. Sus aguas, doradas al amanecer, plateadas por la tarde e inmensamente azules a las diez o a las cuatro, dejan resbalar por sus ondas las pequeñas embarcaciones de pescadores que buscan su sustento diario.
Los volcanes, vigilantes eternos, dormitan tranquilos, sabiendo que en sus faldas los tzutuhiles y los kackchiqueles construyen sus propios imperios, tejiendo sus labrantíos con verduras y hortalizas, o en sus telares, capturando todo el arco iris en hebras delicadamente entrelazadas.
Aquí se forja un futuro distinto. Aquí no se teme por los baktunes. La vida continuará después del fin de ciclo. Y van a la escuela, a la iglesia, al parque, al mercado. Intercambian sus artesanías por pan dormido y despiertan sus anhelos cada día, con trabajo, con esfuerzo, con sonrisas, con niños mocosos que atisban desde sus capixays cómo los turistas descienden de los tuc-tuc, que como zompopos recorren las sinuosas calles de los poblados.
Aquí estuvimos unos días. Y unas noches, donde el firmamento asusta. Parece tragárselo a uno y se siente que las estrellas no están a años luz sino en luz de años, de meses, de días, de horas, de minutos…
Sirio y el Can Mayor… Betelgeuse y Orión… Gigantescos focos que por la distancia parecen agujeros hechos en una enorme capa negra.
Y soltamos nuestras velas para navegar por esos oscuros mares, donde cada astro es un puerto.
Y las galaxias son continentes. Y las constelaciones, islas.
Y el mar de éter salpica nuestras caras con su espuma de cometas.
Aquí estuvimos con mis seres queridos. Sólo faltaste tú, Ana. Mi nieta, mi doble hija, mi amiga.
Y te dedico estas líneas para que sepas que nuestros sístoles y diástoles palpitaron contigo en cada vivencia maravillosa que tuvimos en este lugar de encanto.
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